He disfrutado leyendo este primer capítulo sobre el horizonte de la vida
intelectual porque me ha hecho reflexionar sobre la importancia del papel que
juega la voluntad, el anhelo de ser mejor, de superarse, el deseo de
perfeccionamiento al cultivar una mayor vida intelectual. Los factores externos,
tales como el ambiente, el entorno social y la lengua influyen en nuestra forma
de vivir intelectualmente, pero no es otro sino el propio conocimiento de uno
mismo, de nuestras limitaciones, y el anhelo de superarlas, el factor
determinante que nos empuja a desear, buscar y procurar una vida intelectual
que nos permite crecer y madurar de forma más plena.
Me parece muy interesante la idea de que el dominio de nuestra propia
lengua, así como de otras lenguas, aumenta nuestra capacidad de razonar en
cuanto que es vehículo e instrumento para comprendernos a nosotros mismos, así
como para comunicarnos con los demás. Hoy en día vivimos en un mundo
absolutamente globalizado en el que cada vez son mayores las oportunidades que
tenemos las personas de relacionarnos con otras personas de orígenes, culturas
y ambientes muy distintos. Necesitamos dominar el lenguaje para poder
comunicarnos con esas personas y aprender de ellas. Además, el uso del lenguaje
a través de textos escritos es un medio de expresión que ayuda a la persona a
encontrarse a sí misma, a descubrirse, a conocerse y valorarse, y así ser capaz
de seguir un camino que le ayude en su enriquecimiento personal, a entender que
cada obstáculo que nos encontramos en la vida es una oportunidad de entregarnos
y de amar, de ser conscientes de nuestras limitaciones y al mismo tiempo de ser
personas que anhelan, buscan y procuran la superación personal.
Comparto con el autor la importancia de la atención en la escritura
personal, en la investigación intelectual. Atención en el sentido de tener
presente la asertividad, la creatividad y la cordialidad en este camino que yo
llamaría de superación personal, camino que recorremos por amor a la sabiduría en
la búsqueda rigurosa de la verdad de aquello que consideramos relevante.
En la parte en la que se trata la metodología filosófica, me he detenido al
leer que “la disciplina es lo que diferencia la creatividad intelectual de la
locura”. Probablemente sea cierto en la mayor parte de los casos lo que dice el
autor sobre las personas erráticas que no son capaces de terminar su tesis
doctoral porque no tienen la capacidad de concentración necesaria para
acabarla. Sin embargo opino que si una persona errática cultiva su vida
intelectual, toma conciencia de sus limitaciones y anhela su enriquecimiento
personal, puede llegar a superar sus propios obstáculos venciendo sus frenos
iniciales y así ser capaz de superarse personalmente. Comparto la visión del
autor al decir que “el filósofo no sólo anhela saber más, sino sobre todo
anhela ser mejor”. Creo que sólo ese anhelo humilde de ser mejores, de
superarnos, es el que da sentido a nuestra propia existencia y que sólo se
consigue a través del perfeccionamiento y no del intento insaciable de
pretender la perfección.
Me interesa enormemente el desarrollo de las virtudes de la vida
intelectual: la confianza en uno mismo, la necesidad de atención, la
imaginación, el orden personal. He reflexionado sobre la confianza en uno mismo
y el terror que tenemos en general los españoles a hacer el ridículo en frente
de otros, que nos lleva a una parálisis intelectual que nos impide hacer
preguntas, discutir y analizar ideas abiertamente e incluso nos paraliza a la
hora de hablar en otro idioma por vergüenzas e inseguridades absurdas, pero a
la vez tan arraigadas en nuestra sociedad. Yo he vivido con mis tres hijos
durante cuatro años en Londres y he tenido la oportunidad de comprobar, en tan
solo unos meses tras instalarme en España, cómo ha calado recientemente en mis
hijos el temor a “hacer el ridículo” en frente de otros. También he
reflexionado sobre el orden personal. Hago balance de mi vida y me doy cuenta de que muchas veces me ha tocado tomar decisiones en función de una escala de
valores, de un orden de prioridades, y estas decisiones siempre han conllevado
sacrificios y renuncias personales. Con los años he perdido memoria pero he
ganado en orden personal y tengo claro cuánto es el tiempo y la atención que
debo dedicar a los distintos intereses. Me gusta la idea de planificar con
flexibilidad, porque me veo reflejada en ella. Tener proyectos, inquietudes e
intereses es motor de energía y de vitalidad necesarias para dar sentido a
nuestra existencia. Cualquier proyecto que emprendamos en la vida necesita
planificación, pero esa planificación debe ser entendida de forma flexible,
susceptible de ser cambiada y adaptada a las circunstancias. Varias ideas
prácticas que intentaré aplicar son las de “contar por semanas”, que es como se
ven crecer las obras, así como la de intentar simplificar el estilo de vida y
el intentar hacer menos cosas para optimizar la gestión de nuestro tiempo.
Por último, he disfrutado reflexionando sobre la idea del afán humano por
las novedades, nuestro instinto de curiosidad que a veces hay que pulirlo para
que no nos conduzca a una vorágine que nos aleje de las ideas y conocimiento
más profundo.
